“Guinardó, el barrio que fue montaña”

L’article de Huertas Claveria ens ilustra el Guinardó dels anys seixanta

Article extret del llibre  Josep M. Huertas Claveria i els barris de Barcelona. Antologia de reportatges, 1964-1975.  Aquí versió en .pdf

Podeu trobar el llibre de Huertas Claveria a les biblioteques públiques. (Vegeu catàleg Biblioteques)

No hace más de 15 años se podía jugar a pelota en plena calzada de la avenida Virgen de Montserrat sin que los coches comportasen peligro alguno. Solía pasar uno cada 10 minutos y aún éstos solitarios no parecían llevar nunca demasiadas prisas. Únicamente los fines de semana el tránsito se hacía mayor, al llegar los vehículos de aquellos barceloneses para los que el Guinardó era la montaña, el lugar tranquilo donde descansaban de las fatigas ciudadanas.

De esto último hace más años. Antes de la guerra, el Guinardó estaba muy poco poblado. Se alzaba un buen número de torres de una o dos plantas, algunas viviendas de pisos, pero la mayor parte eran campos donde crecían la hierba, el matorral y los algarrobos, árboles éstos característicos de las zonas montañosas de Barcelona y que han ido desapareciendo con la llegada del cemento, que traza carreteras y edifica nuevos barrios. En aquel tiempo algunos pastores llevaban a pacer sus rebaños cada tarde y, desde la aventajada altura que tienen casi todos los terrenos guinardotenses, contemplaban la ciudad que iba haciéndose cada día mayor a sus pies, sin pensar en que un día llegaría a desplazarlos. Era aquella época en que los moradores del Guinardó, al desplazarse al centro urbano, solían decir:

–Me voy a Barcelona.

Igual que si estuvieran en un pueblo aparte. Esta costumbre se ha conservado hasta nuestros días y se sigue diciendo ahora que los campos son cada vez más escasos, que el tránsito por la avenida Virgen de Montserrat es casi alucinante y que se elevan por doquier inmensos bloques de viviendas que ocupan manzanas enteras.

 

La tierra y los hombres

Se suele considerar este sector urbano del Guinardó como un cuadrilátero cuyos vértices están situados en el Hospital de San Pablo, el cruce de la calle Cartagena y la avenida Virgen de Montserrat, los Quince y el entronque de la rambla Volart con el paseo de Maragall. Es una división que corresponde bastante a los rasgos más genuinos de los habitantes, sobre todo de los antiguos veraneantes y rentistas, que eran sus habituales hace un cuarto de siglo, en especial durante los meses calurosos. Se distinguen sus casas con facilidad: son torres bajas y antiguas, con el pomposo nombre de villa escrito en letras de piedras sobre el umbral y rodeadas generalmente por su correspondiente jardín. Pero ahora ya no veranean allí, sino que viven todo el año, como ha sucedido en Sarriá, en el Carmelo, en la Salud y en todos los barrios que tan sólo hace 40 años eran simplemente residenciales.

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Además de los rentistas, el Guinardó fue lugar elegido por comerciantes y fabricantes modestos cuya máxima aspiración era «tener una torre en el campo». Y también floreció una colonia de periodistas que llegó a dar nombre a una de las calles del barrio. Pero hoy en la calle de los Periodistas la colonia ha desaparecido y sólo el nombre ha quedado.

Hasta ahora he estado hablando de los viejos habitantes del Guinardó. Los nuevos presentan características muy diferentes, pues son inmigrados de otras regiones, casi todos ellos de origen humilde y que en pocos años han duplicado la población autóctona. Se han acomodado donde han podido, en pisos de tan reducido tamaño que alguien los ha bautizado ya con el nombrecito de «nichos de vivos». Y esto cuando han podido adquirirlos gracias a los cuatro cuartos que les han dado por las tierras que se han vendido «allá en el pueblo». Y, si no tenían dinero, en una barraca de las que se encuentran en Francisco Alegre, una calle adentrada en plena montaña, o detrás del Hospital de San Pablo, en las ruinas de un poblado ibérico o en la calle Bruselas.

Los dos grupos del Guinardó –las torres y los nichos– no se han integrado. Ni siquiera cuando en los bloques viven también catalanes junto a los inmigrados se ha realizado la fusión. La bullanguería propia de las gentes del Sur ha impuesto las voces altas, los tocadiscos y los transistores desde el que los cantaores atruenan el aire y han acabado por ahogar la dulce voz de la sardana.

 

Las calles y las casas

A pesar de lo que he dicho sobre la avenida –que puede hacerse extensivo al paseo–, lo cierto es que casi todas las calles del Guinardó resultan insólitas en la actual Barcelona de circulación febril y ritmo de vida vertiginoso. Son calles estrechas, poco bulliciosas. El tránsito es escaso, ya que son pocos los comercios y las industrias que tienen su sede en ellas. Casi todas se caracterizan por una elevada pendiente, debida al terreno montañoso en que fueron construidas y que en ocasiones ha tenido que ser salvado el desnivel mediante escaleras, como entre la avenida y la parte alta de la calle Varsovia, junto a la parroquia de Nuestra Señora de Montserrat.

Esta iglesia, a cuyo alrededor creció aquel primer período de villas a que me he referido, fue erigida en tiempos del obispo Reig Casanova –allá por el año 1919–. Se da la curiosa circunstancia de que hasta 1964 –o sea, durante un período de 45 años– contó con un sólo rector: Mn. Eugenio Flori. En un principio se pensó dar a la nueva parroquia el nombre de San Enrique, en prueba de agradecimiento al obispo barcelonés, pero por causas que no están muy claras se le dio el de Nuestra Señora de Montserrat, siendo el primer templo parroquial en Barcelona que tenía por titular a la patrona de Cataluña.

De la misma época que las villas y la parroquia datan algunas casas de dos y tres pisos que se alzan junto a los bloques de viviendas actuales. Desde hace unos seis años, el Guinardó se halla dominado por una fiebre de construcción. Los terrenos sin construir –donde la roca y la maleza todavía reinaban– van desapareciendo a lo largo de la sinuosa avenida y de las calles tranquilas que forman el interior del barrio. Incluso algunos propietarios de torres las han vendido, yéndose a vivir ellos en pisos, dentro o fuera del Guinardó.

Aún quedan, sin embargo, algunos edificios singulares, como el Mas Guinardó, que dio nombre al barrio y que se alza en un pequeño montículo; o la Casa Encantada, construida por un fantasioso en la calle Escornalbou, cuyo piso inferior es asombrosamente original, con esculturas de metal sobre la piedra viva de las paredes. Y restos de otros que lo fueron: el Casal del Català –hoy convertido en taller de carpintería– o los pocos vestigios –un cerrojo y la forma de las ventanas– de la Torre dels Pardals, que también bautizó una calle.

Junto a estos hitos históricos del pasado se han hecho populares en poco tiempo otras construcciones más recientes. Y no precisamente por su belleza de líneas. Por ejemplo, todos saben de qué se habla al mencionar el Bloque Azul o el Barco o la Granja o, incluso, el Cementerio. Saben que se están refiriendo a un gigantesco complejo de viviendas que huertas-claveria2forma un enclave triangular abocado a la avenida, a la calle Amílcar y a la plaza Catalana. Un horrible color azul cielo recubre las paredes exteriores, llenas de pequeñas ventanas que dan el aspecto de nichos, sugeridor del nombre del Cementerio. Uno de sus habitantes cuenta con mucho gracejo:

–En la Granja, que la llaman así porque antes hubo una de gallinas en este mismo emplazamiento, hay nada menos que siete escaleras de vecinos, contando cada escalera con siete rellanos y, a su vez, cada rellano cuenta con cuatro apartamentos. Llamarlos pisos sería demasiado irónico.

–¿Son, pues, 28 familias?

–Bueno. Y las extras. Porque hay muchos que tienen realquilados y así hacen hasta negocio.

–¿Y usted, que vive allí hace tres años, qué opina de los pisos?

–Bueno, lo primero es acostumbrarse al ruido. Porque los tabiques son de papel de fumar. Puedes oír cualquier conversación que tengan en el piso de al lado, los llantos de los niños de todo el rellano y el estrépito de los aparatos de televisión de toda la escalera. Eso si las amas de casa no se ponen a cantar, que entonces son ellas las que dominan la bullanga.

Como éste suelen ser casi todos los bloques: pisos pequeños de dos habitaciones, paredes delgadas, techos y pinturas que parecen viejos en un año… Y resultan menos chocantes que la anárquica urbanización del barrio. Exceptuando el retículo de calles tranquilas que corren paralelas y perpendiculares a la rambla Volart, el resto es desorden, calles con doble numeración –como la avenida–, que empiezan en un sector y continúan en otro porque el día de mañana –o el de pasado mañana– se llegarán a unir derribando casas y construyendo en campos –como la ronda del Guinardó–, calles en medio de la montaña –como Francisco Alegre–… y ¡tan pocos espacios verdes en una zona que debió ser principalmente jardín! Los algarrobos –que eran orgullo de los guinardotenses viejos y que sólo se conservan en el nombre de un pasaje: Garrofers– han desaparecido; el parque del Guinardó –más conocido popularmente por la Fuente del Cuento– está amenazado por la proximidad de las barracas; y los pocos huertos que aún quedaban en el barrio van sucumbiendo, unas veces por la muerte de sus propietarios, otras por las ofertas tentadoras que hacen los especuladores del suelo.

A pesar de todo, la anarquía urbanística encuentra justificación –triste justificación– en la anómala forma que tiene todo este sector ciudadano. Prácticamente es un terraplén, con grandes desniveles solucionados por escaleras o cuestas asfaltadas que exigen forzar al máximo a los vehículos que las ascienden, como la de la calle Cerdeña en su tramo final, cuando desemboca en la plaza Sanllehy. Esta parte –y según la idea que del barrio del Guinardó me he trazado– no corresponde exactamente a este reportaje, pero presenta características comunes y su cercanía me disculpa esta licencia.

En un libro cuya acción transcurre en el Guinardó se describen algunas características del mismo con sumo acierto. Acaso sea el aspecto de la iluminación uno de los más logrados cuando dice: «La noche inunda con sombras el barrio en dos de los lados del triángulo1 Mientras el paseo se ha visto engalanado con una vistosa iluminación, la avenida y la rambla continúan –pese al gran aumento de tráfico registrado en el último lustro– bajo el régimen tenebroso de las luces de gas, instaladas provisionalmente en Barcelona allá por 1929, en vísperas de la Gran Exposición. Esa escasez de luz aumenta hasta convertirse casi en oscuridad en el momento en que uno se introduce en el interior del barrio. Protegidos por esa penumbra, los enamorados se citan al amparo del poco tránsito de los alrededores de la iglesia parroquial o del parque infantil. Y dos voces diferentes se funden en un mismo susurro».

1. Se refiere a la avenida de la Virgen de Montserrat y a la rambla Volart. (Nota de l’A.)

 

Y se hizo la luz

Hoy las cosas han variado. Por lo menos en la avenida, cuya serpenteante línea está ya potentemente iluminada. Ahora los coches ya ven a las personas que intentan cruzar la calzada a lo largo de los 288 números que señalan las casas construidas sobre sus aceras y en las que no hay un solo semáforo o paso cebra. Antes solamente podían intuirlos en la oscuridad. Con todo, es un espectáculo entretenido sentarse en una terraza de bar y contemplar a los audaces peatones que, cansados de una inútil espera, se deciden a atravesar la ancha avenida entre el incesante ir y venir de los vehículos.

 

El Guinardó es una pensión

Esta afirmación no es gratuita. En una pequeña encuesta realizada a 50 personas resultó que 40 trabajaban fuera del barrio. Lo cual significa las cuatro quintas partes. La mitad de ellas comen fuera de sus casas, porque no les da tiempo a realizar los desplazamientos necesarios y efectuar la comida del mediodía en su hogar. 45 afirmaron que regresaban después de las 10 de la noche a sus casas, no todos porque estuviesen trabajando, sino porque unos hacían horas extraordinarias y otros practicaban alguna afición, se reunían con amigos o eran socios de alguna entidad, casi todas ellas de fuera del barrio, porque en el Guinardó hay muy pocas sociedades culturales o recreativas.

A la vista de todo esto, pensé que para muchos el Guinardó es una pensión. El lugar donde sólo cenan y duermen, donde ver a los hijos en días laborables es un raro privilegio –porque uno se marcha por la mañana, cuando están durmiendo todavía, y regresa por la noche, cuando ya se han ido a dormir–, no puede ser considerado mucho más que eso. Las razones de esta situación familiar irregular para muchos guinardotenses se encuentra igualmente en otros barrios extremos. Hay pocas industrias y comercios en ellos y, si los hay, son de reciente constitución y buscan su plantilla entre gentes de aluvión, llegadas hace poco a Barcelona y que viven en algún barrio tan alejado del Guinardó como éste lo está para sus habitantes del lugar donde trabajan.

Lo dicho para el trabajo es válido para las distracciones. Únicamente cinco cines en una barriada cuya población aumenta diariamente, aparte de una sala parroquial. 2 Ningún teatro, ninguna sala de fiestas, ninguna entidad de índole cultural… Y peor está el deporte, por lo que respecta a las naturales distracciones formativas juveniles. Los terrenos del Frente de Juventudes, utilizados tan sólo para fútbol por el equipo regional del San Martín –del barrio del Clot–, están abandonados a cualquier otra clase de deporte. En verano funciona, sin embargo, la piscina que en los mismos se encuentra.

Por cierto, que no muy lejos de este campo residía el que en los años veinte se hizo famoso como el Falsificador Jorobado, un impresor de aspecto insignificante que imitaba los billetes de 1.000 pesetas con una facilidad tan asombrosa que, después de cumplir condena, fue contratado como impresor por la propia Casa de la Moneda.

Sólo se conocen dos clubs deportivos en todo el Guinardó: uno de baloncesto y otro de fútbol, que actúan donde pueden. Hace años se había de construir una zona deportiva. Pero, mientras se habla, uno se pregunta por qué ignota razón no se aprovechan las instalaciones del Frente de Juventudes, que podrían ser polo de atracción para tanto elemento joven que ahora pasa las horas muertas en uno de los tres salones de deportemillones, futbolines y otros juegos eléctricos– del barrio.

2. El cinema era llavors una de les principals distraccions dels habitants de les barriades populars barcelonines. Només a Nou Barris, per exemple, hi van haver fins a 15 sales

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El inefable ‘5’

Una de las instituciones más comentada del Guinardó es –lo ha sido siempre– la del 5. Esta cifra corresponde a una línea de autobuses que enlaza la parte alta del Guinardó –la parte correspondiente a la avenida y calles adyacentes– con el resto de la ciudad, compuesta por 15 unidades propias y cuatro suplementarias de la línea FG, 3 que prácticamente hace el mismo recorrido y cuya periodicidad es todo un misterio. Tan pronto pueden aparecer cuatro autobuses seguidos, como estar media hora sin dar señales de vida ninguno de ellos. Un viaje en 5 a cualquiera de las horas punta es toda una prueba de fuerza, aparte de un experimento científico sobre la resistencia del organismo humano, basada en un máximo de personas en un mínimo de espacio.
Contra todo lo previsible, señalado en aquellas plaquitas que indican «28 personas en la plataforma», los cobradores de esta inefable línea de autobuses consiguen hacer caber el doble mientras repiten esta cantinela:

–¡A ver, los de delante! Apriétense un poquito más. Pero si delante va vacío. Pasen, porque no abriré para bajar la puerta de atrás. ¿A quién le falta billete?

Ni que decir tiene que los guinardotenses se las ven y se las desean para volver a sus hogares en este único medio de locomoción. Más de una vez deben recurrir a coger lo que podría llamarse un autobús de cercanías y que les deja en la plaza Sanllehy o en los Quince. Un cuarto de hora de caminata como mínimo termina por conducirlos hasta su casa. Sobre este problema el Ayuntamiento ya se ha pronunciado. En esta ocasión, «ni lo está estudiando, ni se está hablando». El anterior concejal del distrito, Costa Ugeda, en una entrevista concedida a un boletín ciclostilado que funcionaba en la barriada, dijo:

–Es rumor popular que los medios de transporte urbano resultan en la actualidad insuficientes. ¿Tiene previsto el Municipio alguna solución a este problema?

–No en cuanto a un posible incremento de autobuses. Pero sí se ha efectuado un proyecto de prolongación de metro hasta detrás del Hospital de San Pablo. Claro que el proyecto está todavía a largo plazo de realización.

Con lo que la divertida experiencia de un viaje en el 5 sigue al alcance de cualquier valiente todos los mediodías, de 1 a 3, y todas las noches, de 7 a 10, excepto festivos.

3. La línia d’autobusos FG unia la plaça d’Urquinaona i la plaça Catalana.

 

Una escuela para niños

Si de algo puede presumir el Guinardó –además de su clima– es de escuelas. Tanto de tipo privado como municipal, el barrio cuenta con un buen número de ellas. Y, además, cuenta con una auténtica escuela para niños. Me explicaré. Desde pequeño he tenido la impresión de que los colegios diseñan sus planes de enseñanza pensando en el adulto. Se preocupan más de la disciplina y de la urbanidad que de las dotes innatas de observador que suele poseer el niño, con las que se desarrollan esas cualidades luego tan preciosas, que son la iniciativa, la responsabilidad y la voluntad. Esa escuela que tiene en cuenta todo esto y que, además, es municipal se llama Antigua Escuela del Mar. Muchos la conocen, aunque sea sólo a través de los frecuentes conciertos que en ella se dan. Pero pocos, muy pocos, conocen su funcionamiento interior. Aunque sea en breves palabras, uno no puede renunciar a intentar exponerlo.

En primer lugar, los niños gobiernan la escuela. Naturalmente, son supervisados por los profesores, pero éstos no hacen más que guiar las normas que el Consejo General dicta. Este Consejo General se ha formado por propios méritos entre los alumnos más capacitados, que han podido ser descubiertos mediante el sistema de competición que es norma de las enseñanzas. Los alumnos están inscritos en tres equipos, que van acumulando puntos a través de todo el mes, según su marcha en los estudios, que son completos y, sin embargo, poco fatigosos para el muchacho.

A final de mes y sobre los equipos ganadores de cada clase, se formará el Consejo General, presidido por el cónsul –que acostumbra a ser un chico de la clase superior, con una edad de 15 años como máximo y cuya autoridad debe ser obedecida por los niños de la escuela a lo largo de todo el mes–. Otros cargos son: vicecónsul, bibliotecario, jardinero, encargada de la limpieza –las clases son mixtas–, cronista, encargado del servicio meteorológico, etc. Algunos de estos cargos pueden sorprender como referidos a una escuela. Y, sin embargo, contribuyen a dar una formación que todos los ex alumnos recuerdan años después, con verdadero cariño y agradecimiento.

Niños y niñas estudian juntos –otro acierto– no sólo gramática, matemáticas o historia, como en otro colegio cualquiera, sino también música, modelado de figuras de barro, reparaciones de todo tipo –desde una silla a una avería eléctrica–, servicio de mesas y partes meteorológicos. En la Antigua Escuela del Mar funciona un pequeño observatorio que los niños aprenden a manejar como complemento de las clases de geografía.

Lo triste es que no hay plazas para todos los que quieren entrar y que, entonces, ya se ponen en juego las recomendaciones, las influencias y las amistades particulares para lograr que el hijo entre en esta escuela modelo que lleva 43 años funcionando. De todos modos, el Guinardó es el barrio de la periferia barcelonesa en el que casi todos los niños tienen escuela para ir, lo cual es francamente positivo y hace el mejor elogio de un barrio que ha depositado en el futuro su mejor esperanza.

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